jueves, 8 de enero de 2015

El primer discurso de Felipe VI en Navidad defraudó por los lugares comunes y las omisiones imperdonables


Se considera que el paradigma del discurso político es aquel que Shakespeare pone en boca de Marco Antonio en el drama “César”, cuando aquél, tras el asesinato del emperador, obtiene licencia de Bruto y los conjurados para hablar a la plebe. Marco Antonio, en su relatorio fúnebre no hace otra cosa que alabar a Bruto y a sus cómplices por ser “hombres honrados”, pero maneja las palabras de tal modo que va elevando la temperatura de la masa, pues consigue que ésta interprete como él quiere todo lo contrario de lo que aparentemente dice. Eso es la técnica del “metalenguaje”: decir una cosa de tal modo que se entiende otra.
Yo tuve esa sensación escuchando a quien a sí mismo moteja de “Primer Rey Constitucional” (lo que me hace preguntarme qué era entonces su padre), pues si discurso, técnicamente impecable en secuencias, elevaciones de tono y el resto de los recursos expresivos que denota un buen preparador y entrenamiento, me recordaba a Marco Antonio en la pieza invocada: sobrevolaba las cuestiones candentes de modo tan hábil que muchos creerán  que realmente las ha abordado a fondo. Y no fue tal cosa.
Expresemos nuestra perplejidad por la ausencia en su discurso de la alusión directa a las víctimas del terrorismo, precisamente en un momento en,  que gracias a las imprevisiones del Gobierno, los más terribles y no arrepentidos asesinos están saliendo de las cárceles, para escarnio y vergüenza de la nación toda. Pero eso, pese a la gravedad del caso, no ha sido lo peor.

¿Puede el jefe del Estado no hacer la menor alusión al hecho de que una de las personas que tienen el mismo derecho que él mismo (en el orden que sea) a ostentar su magistratura es reo de una causa ordinaria, con consecuencias imprevisibles que en todo caso afectan a la propia imagen de la institución?

¿Dónde están los cambios, la transparencia y la valentía que se espera de un tiempo nuevo?
Hace tres años, tras el estallido del caso Urdangarín, uno de los periodistas que mejor conoce la Casa Real y la Monarquía, el ex director del diario monárquico ABC, escribía unos días antes del famoso discurso de Navidad de Juan Carlos I, cuando dijo aquello de que “todos somos iguales ante la Ley”: “Para superar la crisis de imagen que haya podido sufrir, o esté sufriendo la monarquía, es preciso que ésta se gubernamentalice. Lo que consiste en que la Jefatura del Estado, como sucede ahora pero asistemáticamente, se convierta en un instrumento institucional al servicio de los intereses nacionales”.
Esta es la cuestión: ¿Quién escribe y cuál es la sintonía de su contenido con el propio Gobierno? Como recordaba Zarzalejos, el ejecutivo británico es “Gobierno de su Graciosa Majestad”. Y cuando se abre el Parlamento, la Reina lee el discurso que le prepara el premier y su gabinete Algo parecido ocurre con el resto de las monarquías parlamentarias de Europa. Como subraya el periodista vasco, “el jefe del Estado sirve a los intereses de la nación bajo el criterio del Gobierno, con el margen de decisión propia lógico pero estrictamente limitado. El modelo británico es el más precoz y sólido de monarquías parlamentarias y otras, como la noruega, danesa u holandesa -incluso la belga- no difieren en demasía. Así, cuando habla el titular de la Corona la sociedad respectiva sabe que a su través se está pronunciando institucionalmente el propio Gobierno.”

¿Qué ocurre en España? Tradicionalmente se ha entendido que el Rey y sus asesores redactan los mensajes institucionales que, antes de ser emitidos han de ser revisados por el Gobierno, ya que no puede o debe haber disonancia entre el papel del monarca y el ejecutivo que, a través de las urnas, han elegido los ciudadanos. ¿O no? Zarzalejos, que no es precisamente republicano dice que Gobierno democrático de España, al margen de su color, ha de expresarse a través del Rey en las ocasiones más solemnes y en sus intervenciones más significativas.
Y añade: “No basta con el carácter simbólico de la Corona: hay que dar el paso de engarzarla eficientemente en el sistema operativo de la gestión de los intereses públicos y ofrecer la certeza de que la Jefatura del Estado, siempre cuidando a través del Jefe de su Casa (que tiene categoría de ministro) de que su perfil constitucional, moderador, arbitral y apartidista no padezca nunca, responde a los dictados de las urnas a través de su simbiosis con los Gobiernos queridos por el pueblo y el Congreso”.
¿Debe el Gobierno meter mano en lo que dice el Rey o éste debe pronunciarse libremente sobre lo que le apetezca?
En el interesante libro de Manuel Soriano, “Sabino Fernández Campo. La sombra del Rey”, donde se hacen interesantes revelaciones que sólo se conocían en la Zarzuela (como que el conde de Barcelona pretendió que le otorgaran el tratamiento de “Rey” del que ahora disfruta su hijo o el sufrimiento del leal edecán por las escapadas del monarca, con frecuencia más atento a sus impulsos de bragueta que al interés del Estado), se menciona el caso del discurso de Navidad de 1990, en el que Felipe Gonzáles eliminó las referencias a la corrupción que ya estaba en su apogeo e introdujo un ataque a la prensa por su creciente contenido crítico hacia su Gobierno.
Felipe no tuvo dudas. Ni creo que las haya tenido Rajoy. O sea, que los ciudadanos deberíamos tener claro hasta dónde lo que escuchamos sale directamente del ejecutante o de otros.

El primer discurso navideño de Felipe VI ha sido un discurso decepcionante, y cabe preguntarse hasta dónde estaba pactado, medido y sintonizado con el Gobierno. Desde luego, coincidimos con Zarzalejos cuando dice que cuando el Rey habla (dentro de un lógico margen de autonomía) no debe perderse el horizonte de quién es realmente y, en consecuencia debe hablar en sintonía con el ejecutivo, “que sólo ha de poner en su boca ideas, proyectos, iniciativas y propuestas transversales, que integren a la inmensa mayoría de los ciudadanos y colaboren al entendimiento entre todos y a la convivencia”.
Y en fin, quizá no haya que echarle toda la culpa a este Rey tan bien “prepao”. De todos modos, como dice el exdirector de ABC, los ciudadanos tienen derecho a ser exigentes con sus gobernantes y reclamar de la Corona la ejemplaridad y el servicio a los intereses nacionales que la justifican.
En este caso, el primer discurso de Navidad se ha justificado más bien poco.

 

jueves, 18 de diciembre de 2014

La Guardia Real cuesta 45 millones de pesetas, lo que parece excesivo por las funciones exclusivas que cumple


Exista una notable diferencia entre la Guardia Real española y las Unidades del Ejército Británico que tienen encomendada la custodia y resguardo de la Corona. La primera no tiene otra misión que la establecida en el en el artículo 6.º del Real Decreto núm. 434/1988: "Proporcionar el servicio de guardia militar, rendir honores y dar escoltas solemnes a S.M. el Rey y a los miembros de Su Real Familia que se determinen, prestando análogos servicios a los jefes de Estado extranjeros cuando se ordene". Lo cual se concreta además en otra serie de aspectos más específicos, como prestar la guardia militar en las diversas residencias que usa la familia real y en otros lugares a dónde se desplacen como los reales sitios.

Además, como soldados de parada, hacen las labores propias de escoltas, honores, saludos, etc. en todo tipo de actos, incluidos los fúnebres. En ese sentido, es una unidad vistosa, tanto sus unidades a pie como a caballo. En el mismo sentido, escoltan a jefes de Estado extranjeros y les prestan los honores correspondientes. Luego cumplen otra serie de misiones logísticas y administrativas.

Pero la diferencia más acusada entre la Guardia Real Española y las Unidades asignadas a la Guardia de la Reina de Inglaterra, es que éstas son unidades normales del Ejército Regular, sujetas además a las mismas vicisitudes en campaña y las misiones en el extranjero, donde recientemente han sufrido bajas. En tiempo de guerra, las unidades de la Guardia son las primeras en entrar en combate y tienen especial orgullo en ser ejemplares, como demostraron en la II Guerra Mundial.

Yo me pregunto si se justifica en estos tiempos una Guardia Real tan numerosa, con 1.500 efectivos, que cuestan a los españoles 45 millones de pesetas al año. Y si no se podía reducirla sensiblemente y que, como se hacía en tiempos de Alfonso XIII, y de ello abundan las pruebas documentales, todas las unidades del Ejército pasaran por el servicio de custodia y guardia del Rey.

Desde el punto de vista administrativo, la Guardia es una unidad más de las Fuerzas Armadas, de modo que para los oficiales es un destino más en su carrera. Por ello, no tengo duda, de que si así se dispusiere, acudirían sin el menor reparo a las misiones semejantes a otras unidades regulares, donde fuere. Es más, creo que muchos de ellos ya habrán cumplido o van a cumplir servicios en el exterior. Por lo tanto, creo que vendrían bien a la imagen y prestigio de la mencionada guardia acercarse a lo que es habitual en otras unidades, como ocurre en Inglaterra. Y me aventuro a pensar que tanto los suboficiales como la tropa compartirían con gusto esas encomiendas.

Dejarían de ser soldaditos de parada (ya sé que ganan todas las maniobras y que desfilan que es un primor) para convertirse en soldados de verdad, como los demás, como hemos sido los demás, en nuestro tiempo, y también desfilábamos con gracia, soltura y ritmo.

¿Se justifica el costo de la Guardia Real con lo que hace? ¿Qué va a pasar con los pretendidos aires modernizadores que el Rey está introduciendo. ¿Para qué una guardia militar si, para empezar, ni siquiera va a seguir la liturgia del día militar, con el izado y arriado de bandera y honores a los caídos, que ahora será una ceremonia extraordinaria en días señalados?  Eso han anunciado. Yo quiero verlo.

Deberíamos tomar nota de cómo hacen las cosas los ingleses.

Los regimientos británicos (De a pie) conocidos como "La División de la casa" que prestan la guardia a la Reina de Inglaterra son los “Grenadier Guards”, “Coldstream Guards”, “Scots Guard”,  “Irish Guards”,  “Welsh Guards” (estas tres últimas las Guardias Escocesa, Irlandesa y Galesa)

La Guardia Coldstream es regimiento más antiguo del Ejército británico, formado en 1650 durante la Guerra Civil inglesa, en tiempos de Oliver Cromwell. A considerable distancia de la antigüedad de los regimientos españoles, como los propios británicos reconocen.

Pero a diferencia de la Guardia Real española, los regimientos que custodian a la Reina de Inglaterra, han sido desplegados en Irlanda del Norte, en los Balcanes, en Irak y Afganistán. O donde haga falta. Aparte de ello, cualquier unidad de la Commonwealth puede proporcionar la guardia. En muchas ocasiones, la brigada de infantería de los Gurkhas, el Regimiento RAF y la Infantería Real de la Marina han proporcionado guardias, así como otros países de la Commonwealth.

La Guardia participan todos los años en la "Trooping the Colour", un tradicional desfile de los principales regimientos de Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda del Norte y la Mancomunidad Británica o Commonwealth que se realiza cada año desde el siglo XVII para celebrar el cumpleaños real desde 1748. La gran parada se realiza en Londres en el parque de Saint. James.

Pero pese a su vistosidad, en la práctica no se diferencian en nada cuando tienen que acudir a donde los manden como a la más vulgar unidad de Infantería.



martes, 2 de diciembre de 2014

A los seis meses de la abdicación de Juan Carlos I, la Monarquía pretende reinventarse con gestos irrelevantes

El pretendido nuevo estilo son una serie de detalles menores presentados como grandes novedades, acuciados por la necesidad de aparentar modernidad

Estos días, los turiferarios más conocidos, los periodistas de cámara de mayor renombre, los émulos de los que se cambiaron por las mulas de Fernando VII, lanzan las campanas al vuelo, despliegan la trompetería más servil para proclamar su goce por la gran efemérides, se cumplen seis meses de que el sucesor del Caudillo a título de Rey cambió su rol de Rey activo por Rey honorario, meritorio o vaya usted a saber exactamente qué. Insólita figura, duplicidad no contemplada en la Constitución, que tanto se invoca como texto inamovible cuando conviene.
Veamos las grandes novedades de Felipe, a tenor de lo que publica la Casa Real y propalan sus más leales y entusiastas siervos.
-- Prohibir a los miembros de la familia real que trabajen para empresas públicas o privadas. Sólo podrán desarrollar las actividades institucionales que les encargue el Rey o, en su caso, el Gobierno, cuando requiera su aprobación. Pero eso ya caía de cajón, ya que podían ser considerados como “funcionarios” que cobraban del Estado hasta ahora. Lo anormal es lo que ha venido pasando y pasan.
-- Los miembros de la familia de Felipe VI, que no formen parte de la familia real, no desarrollarán actividades institucionales ni percibirán retribución del presupuesto de la Casa del Rey. De momento, no sabemos si la infanta Elena está dentro o fuera de ese concepto de familia, porque la siguen mandando a representar a la Corona a los más diversos menesteres.
-- El establecimiento, antes de que finalice 2014, de un régimen jurídico de los regalos recibidos por los miembros de la familia real. Lástima que no alcance la devolución de otros que no sólo se disfrutaron, sino que se pulieron y cuyos beneficios aparecieron en Suiza, como la venta de la isla de Cortegada, en Galicia.
-- La aprobación de un código de conducta para el personal de La Zarzuela que incorpore principios de buen gobierno. ¿Para qué? Todo el personal de la Administración del Estado debe cumplir sus deberes con probidad y honradez.
-- A partir de 2015, las cuentas de la Casa del Rey estarán sometidas a una auditoría externa realizada por la Intervención General del Estado. ¿Qué cuentas? ¿Sabremos de verdad lo que cuesta la Casa Real o sólo el presupuesto oficial específico, que deja fuera los costos de la Institución que cubren Hacienda, Interior, Defensa, Transportes y Asuntos Exteriores?
Estos últimos días, se han añadido “como novedades relevantísimas” medidas tan renovadoras como
-Cambio del mástil de la bandera en el Complejo de la Moncloa y reducción a cuatro ocasiones, la ceremonia ordinaria de izado y arriado.
-Supresión de la expresión “Que Dios guarde” en el encabezamiento de las invitaciones de la Casa Real.
-Clasificación de los ciudadanos en función de sus tendencias sexuales, convirtiendo en “un colectivo” a los heterosexuales; de modo que los ciudadanos no se seleccionan por lo que son o representan, sino por sus pulsiones más íntimas.
¿Y qué pasa con los privilegios de que gozan los miembros de la familia del Rey en cuanto a viajes, uso de zonas Vips de los aeropuertos, escoltas (incluido el justiciable Urdangarín? Salvo lo que ahora se nos presenta como núcleo reducido de la familia, ¿se suprimirán los otros miembros de la familia (infantes) en el orden de precedencias del Protocolo oficial que trasladan al presidente del Gobierno, elegido por los ciudadanos y demás cargos democráticos, a partir de la 8ª plaza?
La monarquía es la misma de siempre, con apenas un pobre maquillaje.
¡Ah!, pero están muy contentos. Las tres personas mejor valoradas de España, en el escenario político son Felipe I, Letizia Ortiz y Pablo Iglesias.
Es que éste es un país con mucha guasa.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Los españoles somos todos iguales

El Tribunal Constitucional estableció que el título de nobleza se halla desprovisto hoy de todo contenido jurídico-material en nuestro ordenamiento, más allá del derecho a usar un “nomen honoris”. El significado del título sólo es simbólico. 

Por sentencia 126/1997, de 3 de julio, del Tribunal Constitucional sobre la igualdad jurídica del hombre y la mujer para ostentar títulos nobiliarios, en su fundamento 12, se reitera que el título de nobleza se halla desprovisto hoy de todo contenido jurídico-material en nuestro ordenamiento, más allá del derecho a usar un “nomen honoris”. Y añade que el significado del título no es material, sino simbólico.

Y esa idea
–qué no sé de dónde se sacan algunos expertos en Protocolo- de que los “Grandes de España”, que no figuran en el Ordenamiento Oficial de Precedencias, de que se deben situar junto a los secretarios de Estado, conviene recordar:

1º. Como queda dicho los españoles somos iguales. Los títulos nobiliarios no dan precedencia en nada. Son simbólicos.
2º. No pocos, fueron adquiridos por compra, no otorgados. O como en el caso del ducado de Alba una curiosa peripecia del destino.
3º. En  España no existe Corte, ni Protocolo de Corte.
4º. Lamentablemente, cuando se suprimen los señoríos jurisdiccionales, el Estado no se apropió de los bienes que ostenta, con un régimen fiscal privilegiado.
5º. Lo primero que hace le República es clausurar el Registro de la Nobleza. Ya se ha hecho y se volverá a hacer.

Sobre este asunto, la profesora María del Mar Felices de la Universidad de Almería, es autora de un trabajo excelente sobre “la venta privada de títulos nobiliarios durante los reinados de Felipe V y Fernando VI (1701-1759”, donde escribe:

“Durante el siglo XVIII, existieron diversas vías que permitieron, mediante el pago de una cuantía determinada, el acceso a la nobleza titulada de numerosos individuos con sólidos capitales, pero con oscuros orígenes en algunos casos2. Una de las fórmulas más empleadas fue la venta directa desde la Corte, donde se dispensaron honores nobiliarios tras efectuar un ingreso previo en las tesorerías de Madrid o Indias. Otra vía de enajenación fue la obtención de un título nobiliario a cambio de renunciar a deudas que se tuvieran contra la Real Hacienda. Esto sucedió, por ejemplo, en el caso de algunos prestamistas y asentistas que habían facilitado dinero a la Corona, o de personas a las que se les debían sueldos atrasados.
Esta fórmula implicaba igualmente la compra del honor, ya que a fin de cuentas el particular cedía un monto de dinero determinado a cambio de un título.
Los virreyes y gobernadores de Indias también fueron comisionados en diversas ocasiones para beneficiar estos honores en aquellos territorios donde existía una gran acumulación de capital y donde la búsqueda del prestigio y el reconocimiento social era mayor. Asimismo, los títulos nobiliarios fueron enajenados a través de instituciones religiosas, conventos y monasterios, una vía que comenzó a desarrollarse en el siglo XVII y que se intensificó en las décadas sucesivas, de modo que para mediados del siglo XVIII se convirtió en una de las más activad”.

Alfonso Guerra quiso evitar que las Armas de la Casa de Francia se colocaran sobre las de España en el escudo oficial

Algunos de los secretos de la Transición, cuando se fraguaron aspectos esenciales de la configuración de la monarquía parlamentaria, se van conociendo en la medida que se publican relatos y memorias de personajes de aquel tiempo. Esos datos aparecen a veces perdidos, como el hecho de que don Juan quiso, tras su renuncia al trono que le dieran el tratamiento de Rey, o lo que es mejor, que Alfonso Guerra quiso evitar que las armas de los Borbones figurasen en el Escudo Nacional.

Ambas cosas las revela Manuel Soriano en su exitosa biografía del que fuera Jefe de la Casa Real Sabino Fernández Campo, que tantos secretos se llevó con él, pero que no pudo evitar que con el tiempo trascendieran algunas importantes confidencias

Ley 33/1981, de 5 de octubre, del Escudo de España, tras describir las Armas de la Nación en su artículo primero, como ahora se conocen, dice en su artículo segundo “El Escudo de España, tal como se describe en el artículo anterior, lleva escusón de azur o azul, tres lises de oro, puestas dos y una, la bordura lisa, de gules o rojo, propio de la dinastía reinante”. Dice “escusón .o escudo pequeño- no dice “rosetón “, como ahora figura.

Para diferenciar a los Borbones españoles de su casa mayor de Francia, se rodea las flores de lis con un cerco rojo. Pero como saben, en la camiseta de la Selección Nacional de Fútbol no se dieron cuenta y las lises de la Casa de Francia campean con todo su esplendor.

En la magnífica obra del Instituto de Estudios Políticos y Constitucionales sobre los “Símbolos de España”, además de subrayar que, conforme las leyes heráldicas otro debería ser el diseño del Escudo de España y no el oficialmente en vigor, se alude a la discusión parlamentaria previa a la aprobación del Escudo. Y en este sentido se indica que fue Joaquín Satrústegui quien propuso incluir en el Escudo Nacional el escusón con las armas de los Borbones.

No fue posible, como parecía lógico diferenciar las armas de la nación de las del Rey. Sobre todo si te tiene en cuenta que la soberanía de la nación reside en el pueblo español, no en el monarca, que no es propiamente soberano, sino jefe de Estado.

Como el PSOE no insistió, pese a la advertencia de Alfonso Guerra,  las cosas quedaron del modo conocido, con un escudo nacional que es en sí mismo una birria. Y que, incluidas las armas de la Casa de Francia, debería ser bien diferente del actual, según los expertos. En todo caso, llegada la República lo primero en apear el escudo serán las lises de Francia, el segado de coronas y la colocación de la corona mural. Compárese el diseño actual con el que debería ser, en todo caso, conforme el citado estudio heráldico del Instituto de Estudios Políticos y Constitucionales.

Siempre me he preguntado qué pensaría Fernando el Católico o Carlos I si vieran en qué ha parado el más expresivo símbolo del Reino de España, que tuve a francés por repetido enemigo.



Los ridículos gestos de modernización de la Casa Real

En los últimos días, la Casa Real ha evacuado una serie de contradictorias noticias, que por un lado presenta como novedades cosas viejas y por otro contradicen la propia esencia y condición de la institución. Es una especie de adaptación camaleónica, que sin variar lo esencial de la Corona ofrezca una falsa sensación de modernidad.

El 27 de noviembre, la agencia Efe distribuía un telegrama dando cuenta de que “Don Felipe ha dispuesto que frente a la entrada principal de las dependencias de la Casa del Rey en la Zarzuela ondee permanentemente una bandera de España, que sustituye desde esta semana a la que era izada y arriada a diario en el puesto de guardia del palacio”.

¿Novedad? Nueva bandera? ¿Acaso la han cambiado? Ninguna, un simple cambio de ubicación del mástil. Se cambia del puesto de guardia del Palacio a la entrada principal. Lo realmente raro es lo que sigue: “El Rey ha dispuesto que se celebren cuatro ceremonias al año de arriado e izado" de esta bandera por la Guardia Real, que coincidirán con el 6 de enero como día de la Pascual Militar, el 19 de junio por ser el de su proclamación como Monarca, el 12 de octubre con ocasión de la Fiesta Nacional y el 6 de diciembre al ser el día de la Constitución”.

Parece indecoroso que la Casa Real pretenda vendernos como gran novedad para disfrazar, a mi entender, una grave reducción ceremonial de un acto esencial: el izado y arriado de la bandera y los honores a los caídos. Según la tradición y la ordenanza, la bandera debe ser izada y arriada en todas las dependencias militares y buques de la Armada a la amanecida y a la puesta del sol, respectivamente, con determinados honores, a los que se añade al arriado el homenaje a los caídos.

Cuando el Don Manuel Azaña visitó Francia quedó admirado de que el primer acto del día escolar en el país vecino en la Escuela pública, fuera el izado de la bandera y el canto de la Marsellesa. De suerte que escribió que cuando nosotros tomásemos esa misma costumbre, España sería en verdad una nación.

En el Palacio Real, la enseña nacional ha estado permanentemente izada junto con los estandartes reales en su caso, en todo momento o cuando el Rey se halla en Palacio.
Decir que a partir de ahora la bandera estará izada permanentemente no es novedad alguna. Si solo se va a izar y arriar con honores en cuatro fechas indicativas, ¿qué pasará el resto de los días? En contra de nuestros usos y tradiciones, ¿la bandera estará a pico todo el año, hasta que se caiga de vieja?

Otra curiosidad “de Su Majestad Católica”, una de las advocaciones del Rey de España, es la pretendida modernidad de alejarse de la religión, en apariencia. Felipe es sucesor del heredero del general Franco, quien dejó claro que la monarquía por el instituida “no debía nada al pasado” (discurso de Franco a las Cortes al proponer a su sucesor en julio de 1969)  Y que “para ejercer la Jefatura del Estado como Rey o Regente se requerirá  ser varón y español, haber cumplido la edad de treinta años, profesar la religión católica (entre otras condiciones artículo 9 de la Ley de Sucesión de 1947). Y me dirán con razón, pero todo eso está fuera de lugar porque está sustituido por la Constitución. Entonces, ¿por qué nuestro texto fundamental recoge prácticamente íntegro el  Artículo 11 de la Ley de Sucesión de Franco, estableciendo la discriminación de la mujer con respecto al varón y manteniendo las condiciones esenciales para ser sucesor que dejaron preterida a Elene frente a Felipe?:

Está claro que el Estado es “aconfesional”, pero que la Monarquía, cuyo símbolo está coronado por la cruz, es Católica.  Ahora resulta que en las invitaciones oficiales de la Casa Real se ha suprimido del encabezamiento la fórmula tradicional. Detrás de  “Su Majestad el Rey”, entre paréntesis la expresión (que Dios guarde)” o, en algunos casos, simplemente, (q. D. g). Los turiferarios alabas estos cambios como grandes novedades, ¿novedades de qué? La verdad es no cambian para nada los aspectos esenciales de la institución.

Son tan modernos en la Casa Real que ignoran la Constitución y convierten la sexualidad privada de unas personas “en un colectivo”. ¡Vaya metedura de pata que ha ofendido a muchos ciudadanos! Las recepciones de la Casa Real prometen ser singulares en la medida que se convoque a los ciudadanos no por lo que son, por lo que representan, sino como diría el Premio Nobel Camilo José Cela, por sus preferencias íntimas.

Un gesto de modernidad hubiera sido que Felipe hubiera jurado la Constitución –acto civil- de chaqué como cuando lo hizo como Príncipe de Asturias. Y fue un error y un mensaje equívoco, que previamente a su proclamación como Rey le impusieran la faja de general, rodeado de autoridades militares. ¿Ese es el mensaje que se quiso dar a los españoles…?: Esto sí que es importante, y no andar a vueltas con el mástil de la bandera, quitando un uso formulario de una tarjeta de invitación o invitando a las recepciones a los ciudadanos agrupados por sus apetencias sexuales y no por lo que son por sí mismos.


Como dijo Giuliano Ferrero, “la monarquía precisa ser, para subsistir, una gran ficción

lunes, 6 de octubre de 2014

Los panegiristas que valoran “grandes cambios en el protocolo de la Casa Real”, destacan cuestiones irrelevantes con respecto a lo substancial de esta institución que existe al margen de la voluntad de los ciudadanos, dueños de la soberanía nacional


Siempre me han parecido peor los panegiristas de la monarquía que la propia y anacrónica institución. La monarquía es la que es, la de siempre, la que no ha sido elegida por los ciudadanos y que ha de sobresalir, aparentando no hacerlo. Es demasiado tópico decir que la única modernización posible es la República. Pero no hay otra. Cambiar el turno de un almuerzo, acariciar a un niño en un colegio, ir o dejar de ir a misa o invitar, subrayando su condición, a unas personas de una u otra condición social a una recepción no altera nada substancial. Nada.

Más de una vez me he referido aquí al  “imaginario monárquico”, que es una construcción intelectual, consistente en introducir en la mente de las gentes el concepto de que la monarquía es una institución natural, que por tanto debe ser aceptada como tal con “naturalidad”. Reyes y príncipes siempre han estado ahí, formando parte de nuestras vidas y, además, están imbuidos no ya del origen divino que los consagra, sino de todas las cualidades que consideramos excelentes: el Rey es sabio, prudente, valeroso, etc. Ahora es sencillo y cercano. No creo que más que el golferas simpático precedente que ha sido elevado al inexistente cargo de “Rey honorífico”.

El filósofo y profesor José Rodríguez García se pregunta cómo los mortales normales podemos aceptar como cosa natural que existan instituciones que perviven –aunque cada vez menos- cuya función real es no hacer nada o simplemente existir. “Plantear en qué medida y a través de qué procedimiento el rey sigue siendo ungido por la divinidad –escribe Rodríguez- puede parecer cuestión anacrónica”. Pero no en el caso de España: Juan Carlos fue nombrado rey por decisión personal de un general que era jefe del Estado y Caudillo de España por la Gracia de Dios y sólo responsable ante Dios y ante la historia. O sea, que no cabe duda. El sucesor del heredero sigue la senda.

¿Qué más modernidad se puede pedir si se casa con una agnóstica, republicana de origen, partidaria del aborto y con la necesaria experiencia y contraste?

¿Cómo conservar o mantener en su sucesor la unción divina? Pues para eso están los medios que retratan, relatan y cuentan las acciones extraordinarias que en su vida cotidiana realizan los reyes. Es ahí donde se construye el “imaginario monárquico”. A la gente le basta con descubrir que el monarca o su prole habitan en palacios estimables, que festejan convenientemente, que van de aquí para allá. La propiedad de la dinastía se refleja en la brillantez del papel cuché que es signo conclusivo del favor divino.

Y luego están los panegiristas que examinan, valoran, cuentan y destacan “grandes cambios en el protocolo de la Casa Real”, poniendo el acento en cuestiones propiamente irrelevantes con respecto lo substancial de esta institución, es decir, que sigue existiendo al margen de la voluntad de los ciudadanos, teóricamente dueños residentes de la soberanía nacional.